Fui el último en abordar el viejo bote, debía grabar a los otros integrantes del equipo, entregue la cámara a Kevin e intente saltar dentro de la embarcación pero un repentino bamboleo me alejo de mi objetivo, mis pies anclados al piso acertaron en seguir el instinto y no arrojarse a lo que parecía seguro. Una vez instalados en la pequeña embarcación nos adentramos lentamente en el mar, un agua de transparente turquesa muy poco habitual golpeaba suavemente las descascaradas maderas del viejo navío. Unos cien metros y nos detuvimos. Debíamos cambiar de nave, esta vez era una de esas embarcaciones que imaginamos y dibujamos cuando niños. Algo así como una barcaza una pequeña cabina y la rueda de madera, aquella de las historias de piratas, la misma que el capitán sostenía con fuerza para mantener el curso de su barco. “El timón”, reparo un hombre gordo que apareció desde atrás de la cabina al escuchar que yo no encontraba las palabras para referirme al instrumento de conducción, “no funciona” fueron las palabras salientes a continuación, “ hola soy Robinson, soy el patrón de la lancha”, mientras nos estiraba su mano, nos saludamos a la vez que nos presentaba a su tripulación, dos chicos jóvenes, sus sobrinos. “Ellos vienen de los Vilos, “comento”, “y están juntando un poco de dinero para pagar sus estudios, quieren ser algo más que pescadores”, los muchachos no emitieron palabra alguna, sólo miraban a Robinson, como cual representado ve a su vocero en la declaración pública. “Esta cada día más difícil esta cuestión”, continuo argumentando nuestro anfitrión, mientras rascaba su cabeza y uno de los chicos tomaba el timón del motor fuera de borda que nos impulsaría fuera de la playa. ¿“Primera vez en el mar”? pregunto el patrón con un tono de curiosidad y muy amigable, “no” respondí, “por lo menos yo no” reforzando mi respuesta, Kevin y Raimundo respondieron de la misma forma, todos teníamos algo de horas de navegación. “Bueno entonces estamos listos, es cosa de ponerle pa dentro no más”, esbozo Robinson antes de ordenar, con un asentir de cabeza, al joven timonel que acelere y dirija la proa en dirección al corazón del Pacífico.
“¡Increíble!, gua, afírmate”, eran los gritos que se escuchaban cada vez que la frágil embarcación se elevaba azotando su vetusta estructura contra las olas en medio del infinito y azulado manto que nos mecía, como cual madre a su hijo en busca del placer y la dicha. Aquí estábamos tan vulnerables, recordé mi infancia y la mano segura del adulto al cruzar el camino, evoque mi adolescencia, los años de valiente y arriesgado descubridor vinieron a mi memoria, aquellos días de verano donde el sonar de una radio doble casete testificaba dando valor a frases como “Mi primer día sin verte”, “Amores lejanos”, “Prófugos los dos”, como olvidar “Juegos de Seducción”. Por segundos creí estar de vuelta en esa playa solitaria donde corrí mis mejores años, en donde coseche mis mejores recuerdos, en el mismo mar que hace dos décadas observaba como junto a mis amigos inseparables, disfrutábamos nuestras trimestrales vacaciones usurpando de sus ricos bancos ,el hoy escaso recurso. Como podían imaginar unos imberbes adolescentes, que aquel rico e infinito productor terminaría en un infertil desierto azulado, porque debíamos saber que nuestro juego de recolección, que terminaba en la mesa de nuestra casa de veraneo, era la exigencia diaria de uno como nosotros en otro lugar del litoral. Como podía saber que veinte años más tarde en una de mis tantas visitas al mar, que tanto quiero, estaría tras mi cámara arrancando las riquezas de un hombre, sus dolores y sueños. Cómo podía saber que la vida nos pondría en el camino una vez más, cómo podía saber que miraría a la cara al niño que ayer prive de su tesoro por el sólo placer de un juego de adolescente. Como iba yo a saber de ese avezado pescador, del experimentado patrón de lancha que conoce de decepciones y aprendió a conformarse con las redes vacías y el placer del viento golpeando en la cara. Como podía yo imaginar, que aquel avezado lobo de mar cuyo rostro invadía mi pantalla en un primerísimo primer plano, poniendo en evidencia las marcas del esfuerzo en su piel, satisfaciendo mi enfermizo morbo televisivo, era uno de esos chicos que en mi época de adolescente, estaba al otro lado de la bahía sacando sus zapatos cada amanecer para nadar en busca de la supervivencia, mientras yo dormía plácidamente. Como iba yo a saber que ese chico de pies eternamente húmedos estaría frente a mi lente inquisidor y curioso convertido en un hombre, dos décadas en el futuro, como iba yo a saber que ese esforzado chico cuya existencia ignoraba hasta hoy sería Robinsón el gran Robinsón, el mejor patrón de la bahía de Algarrobo.
Al Farías
Febrero 2008 Bahía de Algarrobo, Chile.
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